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«…se ha instaurado sobre el cuerpo […] un control, una vigilancia de la sexualidad, una objetivación de la sexualidad con una persecución del cuerpo. Pero la sexualidad, convirtiéndose así en un objeto de preocupación y de análisis, en blanco de vigilancia y de control, engendraba al mismo tiempo la intensificación de los deseos […] ¿Cómo responde el poder? Por medio de una explotación económica (y quizás ideológica) de la erotización, desde los productos de bronceado hasta las películas porno […] no se presenta ya bajo la forma de control-represión, sino bajo la de control-estimulación: ‘¡Ponte desnudo…, pero sé delgado, hermoso, bronceado!'»

MICHEL FOUCAULT, Microfísica del poder

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En las escrituras y tradiciones de numerosas culturas —tanto antiguas como modernas y tanto de Occidente como de Oriente—, se puede percibir que, a lo largo de toda la historia y la prehistoria, la humanidad ha puesto límites de muy diverso tipo contra la libre práctica de la sexualidad. Con toda intención, desde tiempos remotos —ya desde los Códigos de Lipit-Ishtar y de Hammurabi, y desde mucho antes según la arqueología— se han establecido por escrito o consuetudinariamente tabúes sexuales más generales o más específicos.

Es probable que sea cierta aquella frase de Freud de que, sin ciertos tabúes sexuales, la humanidad no habría llegado a donde hoy ni podría funcionar «normalmente». La cultura humana —no sólo la cultura material sino también la espiritual—, parece crecer a expensas de la sexualidad, o sea, mediante el manejo, casi siempre represivo o convenientemente orientador, de la energía sexual —ya sea que esta energía sexual estimulante y creativa haya sido llamada Eros o haya sido llamada Kundalini.

Desde el albor de la civilización —y por motivos menos o más arbitrarios o menos o más naturales—, han sido creados tabúes y graves castigos no sólo contra prácticas sexuales antaño generalizadas, tales como el incesto, la endogamia, el adulterio o el sexo fuera de la pareja, la promiscuidad o la sexualidad prepuberal; sino además tabúes sexuales más específicos y locales, tales como la abstinencia previa a la caza o al ritual, la frecuencia estipulada de relaciones sexuales, la clase de sexo posible según el calendario, el ocultamiento o enajenación de los encantos sexuales de la mujer y de la avasalladora sexualidad femenina, o la mutilación o mutación genital femenina y masculina con diversos objetivos; todo ello matizado también por los usos de la sexualidad como mecanismo de control de masas, tales como el control religioso y político de la natalidad para disminuir o aumentar la población según convenga, el establecimiento estadístico y no natural de la edad de consentimiento sexual sólo después de culminada la educación estatal y la «etapa de latencia sexual», el fomento de la inmigración, emigración o transmigración con fines de hegemonía cultural o «limpieza» racial, o la violación de mujeres de culturas vencidas como mecanismo colonial.

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La energía sexual no sólo procrea los cuerpos, sino que además crea el mundo humano tal y como hoy lo conocemos —ya sea que concibamos esto como un proceso lineal (de sublimación, tal como lo propone el Psicoanálisis) o como un proceso metafísico (derivado de la energía creativa de Maya-Shakti, tal como lo propone el Tantra). Los rancios tabúes religiosos y políticos contra la carne y la sexualidad —los cuales ni siquiera la Ciencia actual, con sus «rigurosos» y categoriales estudios del sexo, ha logrado superar del todo—, evidencian un crecimiento económico, social y político del mundo a expensas del control y la represión de un impulso sexual que de otro modo imantaría toda la atención del ser humano, manteniéndolo en un estado de conciencia, no más primitiva, sino más originaria, lejos de la obsesión por la competencia y el progreso.

Hoy no somos mejores que ayer. La forma de matrimonio o de prácticas sexuales que se estipulen o prohíban en la Constitución o el Código de la Familia de un país determinado, siempre tributan a un orden socioeconómico y político específico, del mismo modo en que antaño lo hacía las tradiciones y los tabúes. Incluso la mayoría de los estudios científicos y de laboratorio  sobre el sexo, contrario a lo que declaran a los cuatro vientos, en realidad no llegan tributar a esa supuesta emancipación sexual del ser humano basada en el «conocimiento objetivo» del fenómeno sexual; sino que, una vez más, esos estudios refuerzan la función utilitaria de la Ciencia, asociándola al Mercado en favor de la tecnología y no del ser humano. En el caso del sexo, este utilitarismo de los estudios científicos se verifica no sólo en la tecnologización de lo sexual —la enorme profusión de sucedáneos tecnológicos o virtuales que vienen a «mejorar» el sexo natural— sino además en el uso «eficaz» que el Mercado está logrando de la energía sexual de las masas, fomentando un auge inédito de lo sexual, pero quitando esa energía del acto sexual en sí y redirigiéndola al consumismo.

Antaño mediante la asociación del sexo con la posesión por parte de terribles demonios sexuales, y hoy mediante la eliminación gradual y creciente del tiempo libre y la generación de rivalidades dentro de la sociedad —luchas por el status quo, implantación de estereotipos de «perfección» física y psíquica, aprovechamiento de la atracción sexual para fomentar el consumismo y la competencia social—, el Poder, da igual si reprimiendo o permitiendo —hoy en día incluso sosteniendo un discurso aparentemente prosexual y emancipatorio—, igualmente se ha fortalecido y se fortalece con la supresión virtual o formal del sexo, o con el fomento intensivo de cierto tipo de sexualidad libérrima o tradicional, o con el enganche de la energía sexual a propósitos no sexuales —sean propósitos religiosos, políticos, económicos, sociales, culturales, etc. No en balde las sociedades económicamente más desarrolladas manifiestan una alarmante supresión del sexo real, y un aparentemente provechoso crecimiento de la mercadería y la tecnología sexuales —Japón va a la cabeza en eso, pero va seguido por otras sociedades occidentales.

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El crecimiento material a costas de una sexualidad cada vez más pública —pero cada vez menos real en la intimidad— es un síntoma de hacia donde se está dirigiendo la humanidad. Podemos decir —casi como una ecuación que iguala términos que incluyen variables de dudosa exactitud— que una sociedad que de modo notable crece materialmente, lo que está mostrando son síntomas de un eficaz control, represión, o finalmente aprovechamiento de la energía sexual de las masas por parte del Poder. La vieja represión religiosa mediante el terror demoníaco a lo sexual, y el nuevo fomento científico del libertinaje sexual, son dos caras de la misma moneda del control de la sexualidad de las masas —sólo que este control ocurre en lo que Cassirer llamó modalidades epocales distintas.

Aunque hoy nos parezca imposible —pues a cada época le ha parecido imposible una modalidad sexual distinta de la suya—, como una oscilación pendular más, la aparente bonanza sexual de los tiempos que corren se detendrá y regresará a su posición contraria en cuanto al Poder deje de convenirle la libertad sexual. Y en ese momento, mediante los medios que sean —mass media y propaganda ideológica disfrazada de normalidad, olímpicas sumas de dinero dedicadas a fomentar estados de opinión conveniente, represión persuasiva o violenta de las masas, legislaciones parlamentadas e inapelables desde la izquierda o la derecha, etc.—, el Poder volverá a «convencer» a las masas de la necesidad de reprimirse sexualmente; aunque, por supuesto, no lo llamará de ese modo —para no despertar sospechas, llamará a ese retroceso sexual “vuelta al orden verdadero”, “control luego de la juerga”, o incluso “tu propia elección”. Eso es algo que ya está comenzando a notarse incipientemente en medios como Internet, en que los monopolios que han crecido lentamente incorporándose grandes dominios y funciones otrora libres, ya han logrado imponer ciertas restricciones en materia de sexo en amplias secciones de la Red, según reglas que prácticamente no se pueden evitar sin renunciar al uso del medio. Hoy todavía no se nota tanto ese control subrepticio; mañana, quizás cuando ya no se pueda hacer nada al respecto, se notará más.

Lo cierto con respecto a todo lo que llevamos dicho en este artículo, es que la verdadera libertad sexual no se conquista siguiendo modas sutil o groseramente impuestas por el Poder —ya sean de tipo negativo y represor, o ya sean de tipo positivo y transgresor de lo mismo que ayer se prohibía y mañana se volverá a prohibir. La verdadera libertad sexual se conquista mediante la profunda transformación de la sexualidad a nivel individual y de pareja. Para eso no es necesario que nos den permiso, y de hecho es muy cuestionable el hecho de que alguna entidad tenga el derecho de regular, dar o quitar ese permiso en la vida sexual de cada cual.

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