En su sexto libro, El don del Águila, Carlos Castaneda narra una experiencia sexual suya muy peculiar. Éste es un fragmento:
«la mujer me preguntó que por qué le estaba yo mirando descaradamente la vagina. No supe qué decir y sólo lo negué. […] Exigió que confesara que me había quedado con la boca abierta ante ella porque nunca había visto una vagina en mi vida. Me aterré. Me hallaba completamente avergonzado […]
La mujer se tendió boca arriba, se alzó la falda y me ordenó que mirara hasta hartarme en vez de estar con miraditas aviesas. Mi rostro debió enrojecer, a juzgar por el calor que sentí en la cabeza y el cuello. […]
dijo que a partir de ese momento podía yo alardear de ser un conocedor, y que si alguna vez me topaba con una mujer sin pantaletas, ya no sería tan vulgar y obsceno como para quedarme bizco mirándola, porque ya había visto una vagina».
No pocos de nosotros reaccionamos del mismo modo atractivo-evasivo frente a la vulva, particularmente si se trata de una vulva que no nos es cercana. Muchas personas se escandalizan ante un fenómeno que hoy está siendo posible gracias a la alta tecnología: fotografías, bien de enorme resolución o bien de Alta Definición (HD), que hacen públicas imágenes nunca antes vistas. Las mujeres fotografían o se hacen fotografiar sus propias vulvas con cámaras HD y —sin necesidad de revelar sus identidades— las comparten con el mundo a través de la Web, ya sea en sitios web especializados o en redes sociales. Casi se siente el perfume exquisito de esas vulvas tan preciosas al verlas en sus fotos hiperrealistas, con tal lujo de detalles.

Muchos se escandalizan por esto, pero nosotros no podemos sino decir que nunca en nuestra vida habíamos visto retratos tan bonitos y vulvas tan bellas y diversas, y que es una suerte poder contemplarlas, pues todo lo que hacemos y escribimos está perfumado de vulva y enchumbado de mieles vaginales. Contemplar a la vulva con tan alucinante claridad, es ciertamente un privilegio de nuestra época, en gran medida inédito.
Sin embargo, avisados como somos los autores de este escrito —que semejantes a colibríes andamos viajando en el tiempo y en el espacio hasta cada rincón que ofrezca el más mínimo retazo del acervo sexual de la humanidad—, también debemos decir que mirar el sexo con lujo de detalles, y así mismo llevar el sexo al arte o a la iconografía, no es un fenómeno exclusivo de nuestra Contemporaneidad. Cada época lo hizo, aunque eso sí, usando los soportes que tenía a mano; esto es: pintura y escultura la mayor parte de las veces.
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