En este artículo presentamos un fragmento de El jardín perfumado, manual erótico árabe del autor Shaykh (Jeque) Nefzawi. Este fragmento forma parte del capítulo 9 ―titulado «Varios nombres dados a los órganos sexuales de las mujeres»―, donde se presenta una tipología de la vagina con nombres muy graciosos y picantes. La vulva tiene siempre muchísimos nombres en cualquier cultura o idioma.

Sin dejar de ser un clásico de la literatura erótica árabe ―magrebí en este caso―, El jardín perfumado no deja de estar repleto de prejuicios sexuales, y si el lector contemporáneo sigue esos consejos al pie de la letra irá directo al fracaso sexual. Este fragmento contiene uno de esos prejuicios: el supuesto de que una vagina estrecha, apretada y hambrienta por vaciar el semen masculino, es una gran ganancia para el hombre y para la propia mujer.

Aquí les ponemos el fragmento, y al final haremos algunos comentarios.

El meusass (la chupadora) – Ésta es una vagina que, en su ardor amoroso ―resultado de jugueteos voluptuosos o de una larga abstinencia―, comienza a succionar fuertemente el miembro que la ha entrado, como para vaciarlo de todo su esperma, tratándolo como si fuera un niño que succiona el pecho de su madre.

Los poetas la han descrito en los siguientes versos:

Ella ―la mujer―, al alzar su vestido muestra
Un objeto, la vulva, que se eleva completa y redonda,
En apariencia como una copa boca abajo.
Si colocas sobre ella tu mano, es como sentir
Un seno bien formado, elástico, firme y completo.
Al perforarla con tu lanza, te muerde bien,
Y atraído por una succión, como el pecho lo es por un niño.
Y después de haber acabado, si deseas recomenzar,
La encontrarás de nuevo ardiente como un horno.

Otro poeta (¡que Dios le conceda todos sus deseos en el Paraíso!) escribió los siguientes versos sobre el mismo tema:

Como un hombre extendido sobre su pecho, ella ―la vulva― llena la mano
Que tendrá que estar bien estirada para lograr cubrirla.
El lugar que ella ocupa es protuberante
Como un capullo de flor de ciruelo sin abrir.
Con todo seguridad, la suavidad de su piel
Es como la mejilla imberbe de la adolescencia;
Su entrada es muy estrecha,
Penetrarla no es fácil,
Y el que intenta entrar
Siente como si estuviera rozando contra una capa de malla.
Durante la penetración ella emite un sonido
Semejante al desgarro de un tejido.
El miembro que llena su cavidad,
Recibe la animada bienvenida de una mordida
Tal como el lactante succiona entre sus labios
el pezón de la que le da de mamar.
Los labios de esta vulva arden
Como un fuego encendido,
¡Y qué dulce es este fuego!
Que delicioso para mí”.

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Cuán ciertos y creíbles parecen estos comentarios del Jeque Nefzawi, dichos así en teoría. Habría que ver en la práctica si esta chupadora gana algo con ordeñar cuanto antes el semen del hombre, y si el hombre sigue mínimamente interesado en ella luego de eyacular cuanto antes. Por supuesto, ni el hombre, ni mucho menos la mujer, ganan nada con esta comparación en que la vagina es como un bebé lactante y el pene es como un seno que se vacía de leche.

Nuestro consejo es que el hombre aprenda a controlar la eyaculación, para lo cual lo primero es que tanto el hombre como la mujer dejen atrás esa imaginería de que la vagina ideal es aquella que busca vaciar los testículos del hombre. Estos prejuicios deben abandonarse. De lo contrario, la pareja nunca hará buen sexo.

Podría argüirse que se trata de que los hombres actualmente han cambiado, y de que los hombres de aquellos tiempos sí eran capaces de eyacular 5 ó 6 veces seguidas y continuar haciendo el sexo ―como a veces se narra en Las mil y una noches. Pero ese es sólo un ideal de superhombre que en la práctica no ocurre, y por tanto el ideal se vuelve un prejuicio, debido a que no funciona.

El hombre de anteayer, de hoy y de mañana seguirá siendo un triste animal después del coito ―según dice la frase atribuida a Galeno. Venga, pues, en cambio, un sabio consejo del maestro taoísta Chian Zettnersan, quien luego de exponer todo lo que un hombre pierde al eyacular, concluye que el hombre, cuando eyacula, pasa de ser un “león vivo” a ser un “perro muerto”:

“Cuando un hombre adulto normal eyacula, pierde aproximadamente una cucharada colmada de semen. Según las investigaciones científicas más actuales, esta cantidad de semen contiene los nutrientes de dos grandes filetes de buey, de 10 huevos, 8 naranjas, 6 limones y 5 plátanos. Esto significa que están contenidos proteínas, vitaminas, sales minerales y aminoácidos —sencillamente todo lo que el hombre precisa para su vida diaria. Además, el esperma también contiene un alto nivel de energía vital, de tal manera que una gran pérdida de semen puede significar un derroche importante de energía, que justifica el agotamiento que siente el hombre después de la eyaculación”. Una alegoría taoísta tradicional representa el desgaste del hombre eyaculador normal cuando dice que: «Un león vivo se transforma en poco tiempo en un perro muerto» (Chian Zettnersan: Los secretos de la sexualidad taoísta).

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Para finalizar, aquí les dejamos también la cita de Nefzawi en inglés:

El meusass (the sucker) – This is a vagina which in its amorous heat in consequence of voluptuous toyings, or of long abstinence, begins to suck the member which has entered it so forcibly as to deprive it of all its sperm, dealing with it as a child drawing on the breast of the mother.

The poets have described it in the following verse:

She – the woman shows in turning up her robe
An object – the vulva – developed full and round,
In semblance like a cup turned upside down.
In placing thereupon your hand, you seem to feel
A well-formed bosom, springy, firm, and full.
In boring in your lance it gets well bitten,
And drawn in by a suction, as the breast is by a child.
And after having finished, if you wish to recommence,
You’ll find it flaming hot as any furnace.

Another poet (may God grant all his wishes in Paradise!) has composed on the same theme the following lines:

Like to a man extended on his chest, she – the vulva – fills the hand
Which has to be well stretched to cover it.
The place it occupies is standing forth
Like an unopened bud of the blossom of a plum tree.
Assuredly the smoothness of its skin
Is like the beardless cheek of adolescence;
Its conduit is but narrow,
The entrance to it is not easy,
And he who essays to get in
Feels as though he was butting against a coat of mail.
And at the introduction it emits a sound
Like to the tearing of a woven stuff.
The member having filled its cavity,
Receives the lively welcome of a bite,
Such as the nipple of the nurse receives
When placed between the nursling’s lips for suction.
Its lips are burning,
Like a fire that is lighted,
And how sweet it is, this fire!
How delicious for me”.

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