La imagen de las sirenas como mujeres voluptuosas e irresistiblemente atractivas, es más bien reciente. Las primeras sirenas del arte y la literatura griegos eran seres femeninos, pero con cuerpo de ave y torso de mujer, no muy atractivas en sentido convencional, más bien semejantes a harpías, e incluso con actitud de femme fatale.

Sólo después, cuando pasó más el tiempo, las sirenas empezaron a lucir como hoy las conocemos o imaginamos: seres mitológicos femeninos con cola de pez, pero con rostro, pelo, torso, senos, y hasta ombligo de mujer, como si hubieran nacido de la cópula de un pez y una mujer.

Pero, técnicamente hablando, ninguna sirena —como no fuera Ariel después de que se cumplió su deseo— ninguna sirena tenía piernas, y mucho menos nalgas. Así pues, las sirenas que Léon Belly pintó en su cuadro «Odiseo y las Sirenas» —que encabeza este artículo— son todo menos sirenas. En realidad representan el caprichoso ideal de belleza femenina de a fines del siglo XIX: cuerpo relleno, trasero grande y senos pequeños. Un estereotipo tan específico y tan absurdo como el de la actualidad.

De cualquier modo, toda mujer es bella a su manera. Si hubieran sido estas sirenas —con cuerpo de mujer y no de pez o de ave— las que se le aparecieran a Odiseo y a sus camaradas cuando intentaban regresar a Ítaca, no hubiera bastado la treta de taponarse los oídos con cera: todos hubieran saltado al agua tras ellas, incluso si no pudieran oír los irresistibles cantos de sirena.

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