Cuando en el capítulo 13 del Popol-Vuh —libro precolombino que recopila varios mitos maya quiché—, Ixquic es fecundada por Hun-Hunahpú, que ya había sido convertido en árbol de güira —uno de cuyos frutos era su propia cabeza—, esto ocurre mediante el recurso de un esputo fecundante.

El poder fecundador de la cabeza de Hun-Hunahpú  se manifiesta cuando se dice que ese árbol nunca antes había dado fruto, y que al ser colocada la cabeza en una de sus ramas, al instante el árbol entero se cubrió de frutos. Los Señores de Xibalbá habían decretado que estaba prohibido acercarse al árbol mágico: “¡Que nadie venga a coger de esta fruta! ¡Que nadie venga a ponerse debajo de este árbol!”. Pero Ixquic, la hija de uno de ellos (Cuchumaquic), no quiso ser obediente y no evitó ese acercamiento al árbol, en realidad al sexo, que ni aún hoy día la mujer puede evitar —la analogía con el Génesis hebreo es asombrosa; ¿tendrán algo que ver con eso los curas dominicos, que ya habían llegado a Yucatán, uno de los cuales fue Francisco Ximénez, transcriptor de un supuesto original quiché que nunca ha sido encontrado? El sabor prehispánico es innegable en muchísimos aspectos, pero no en todos. Puede que el Popol-Vuh sea un híbrido quiché-cristiano. Se cuenta que Ixquic quedó admirada al oír de boca de su padre la historia del árbol mágico:

«¿Por qué no he de ir a ver ese árbol que cuentan?, exclamó la joven. Ciertamente deben ser sabrosos los frutos de que oigo hablar.

[…] ¿Me he de morir, me perderé si corto uno de ellos?»

Al acercarse al árbol, éste le pregunta si acaso lo visita porque desea los frutos. Ante una respuesta afirmativa por parte de la doncella, el güiro-cabeza de Hun-Hunahpú le pide que le acerque su mano derecha. Al hacerlo ella, ocurre el acto fecundativo:

«En ese instante la calavera lanzó un chisguete de saliva que fue a caer directamente en la palma de la mano de la doncella. Miróse ésta rápidamente y con atención la palma de la mano pero la saliva de la calavera ya no estaba en su mano.

—En mi saliva y mi baba te he dado mi descendencia (dijo la voz en el árbol)».

No en términos lógicos; pero sí en términos mitológicos, la fecundación mediante una sustancia seminal escupida por algún agente puede ser considerado acto sexual, a pesar de que no haya coito propiamente. Algo semejante ocurre en la mitología taína contada por el fraile Ramón Pané, en que Bayamanaco, un abuelo semidiós ancestral, fecunda en el lomo a Deminán Caracaracol, uno de los cuatro gemelos originarios, con un escupitajo que era a la vez semen y cohoba.

Un poco más lejana en el espacio, el tiempo y los modos —pero igual de semejante en cuanto a procedimientos sexuales mágicos para embarazar a la mujer—, es la fecundación de Marjatta en el Kalevala finés.